La geolocalización como instrumento de control laboral

El pasado mes de mayo entró en vigor el registro obligatorio de la jornada laboral, tanto para grandes como pequeñas empresas. El Gobierno de Pedro Sánchez implantó esta medida con el fin de contabilizar las horas extraordinarias de los trabajadores y, de esta forma, poder pagar al trabajador lo que le corresponde. Existen varios mecanismos para controlar a los trabajadores, desde el registro manual mediante firma, pasando por terminales de identificación cuyo control se efectúa con una tarjeta con chip de proximidad o huella dactilar, hasta aplicaciones y software incorporado a dispositivos móviles como, tabletas, ordenadores portátiles y smartphones.

El software de monitorización se basa en utilizar la geolocalización para conocer la posición exacta de los empleados en cada momento. Sería utilizada en aquellas empresas cuyo trabajador no tiene una oficina a la que acudir cada día como, por ejemplo, el sector de la construcción. La cuestión es saber si este tipo de herramientas son válidas para el control laboral y qué límites tiene el empresario a la hora de efectuar dicho control. Su instalación es sencilla y no requiere de la compra de dispositivos. En la misma línea, los trabajadores pueden disponer de toda la información de la jornada laboral, podrán tener al alcance de la pantalla el calendario laboral de bolsillo y solicitar vacaciones desde cualquier dispositivo, pero ¿a cambio de qué?

Este sistema puede traspasar esferas de la vida privada e íntima del trabajador. La localización es permanente y continuada durante la jornada laboral y fuera de ella, en periodos de descanso o en situaciones de suspensión laboral. El acceso a los datos de geolocalización se considera un tratamiento de datos de carácter personal por lo que es necesario cumplir la normativa de Protección de Datos. La Ley Orgánica 03/2018 recoge que el empresario no necesita el consentimiento de los empleados para instalar sistemas de geolocalización para verificar el cumplimiento de sus obligaciones y deberes laborales, pero respetando los derechos fundamentales de los trabajadores. La Audiencia Nacional ha dictado sentencia sobre el juicio entre Telepizza y sus repartidores, quienes estaban obligados a aportar su teléfono móvil y a usar sus datos tarifarios de Internet para geolocalizar los pedidos que entregaban, con el fin de que los clientes pudiesen conocer, en todo momento, dónde se encontraban las entregas. Fue conocido como «Proyecto Tracker».

Este tipo de prácticas pueden poner en riesgo algunos derechos fundamentales del trabajador como la desconexión digital, protección de datos, intimidad, el secreto de comunicaciones o la libertad informática. Además, al utilizar el empleado su propio dispositivo personal conlleva, por un lado, el enriquecimiento injusto del empresario, al ahorrarse la compra de estos aparatos y su reparación o responsabilidad y, por otro lado, la ventaja de contar con mayor disponibilidad del empleado.

Evgeny Morozov, a través de un artículo de opinión en El País titulado No vendamos nuestra auténtica humanidad” reafirma que cuando permitimos que nuestro smartphone acceda a nuestra localización, ponemos nuestros datos a disposición de las compañías privadas, los cuales son altamente procesables y pueden producir cambios en nuestras vidas.

Del mismo modo, Morozov expone que los defensores de las empresas de datos sostienen que no debiéramos dejar que empresas como Google y Facebook, entre otras, se aprovechen gratuitamente de nuestros datos. Vender nuestros datos íntimos a granel es comprimir ese espacio experimental al mínimo. Es renunciar completamente a nuestra búsqueda de autonomía, aceptando una vida en la que las opciones existenciales de la misma están conformadas o bien por las fuerzas del mercado o bien por cualquier guerra. Nuestros datos constituyen nuestra auténtica humanidad; en cambio, venderlos es aceptar convertirse en una especia de cartel publicitario interactivo.

En los últimos tiempos y tras la reforma laboral, muchas empresas de creación de software se han lanzado al mercado para vender sus productos y ofrecer la mejor aplicación: 21 aplicaciones para poner en marcha el control de horarios en las empresas. Todas ofrecen una visión positiva del producto: perfiles privados, validación de cada empleado al finalizar la jornada laboral, fichaje de las horas trabajadas, geolocalización de empleados a través de mapas de posicionamiento, control de registro horario, posibilidad de permitir corregir horarios a los empleados a través de la aplicación móvil, notificaciones push y sin instalaciones costosas. ¿Y las negativas? ¿Cuáles son los limites que cruzan las empresas?

El campo de la tecnología pone de manifiesto problemas técnicos, pero también problemas humanos y sociales objeto de profundo debate debido a sus consecuencias tanto para los trabajadores como para las empresas y organizaciones. El concepto de tecnoestrés está relacionado con los efectos psicosociales negativos del uso de las TIC. Hace referencia a problemas de adaptación a las nuevas herramientas y sistemas tecnológicos. Como el estrés en general, alberga diferentes tipos de tecnoestrés, tales como, tecnoansiedad o tecnofatiga. Es en el primero donde la persona experimenta altos niveles de activación fisiológica no plancentera y siente tensión y malestar por el uso presento o futuro de algún tipo de TIC. La tecnofatiga se caracteriza por sentimientos de cansancio y agotamiento mental y cognitivo debidos al uso de tecnologías.

Como hemos comentado en líneas anteriores, la Audiencia Provincial dictó que sería la empresa quien debe facilitar todos los medios y no puede obligar al empleado a utilizar material propio fuera de la oficina o a instalarse ciertas aplicaciones en su móvil, que en muchos casos son muy invasivas y podría incurrir en una vulneración de la ley de protección de datos. El utilizar material tecnológico de la empresa tiene beneficios para el trabajador, como el poder apagar el ordenador o el móvil cuando termine su jornada laboral, por lo que favorecerá su desconexión digital si así lo desea.

La implantación del GPS en tablets y/o teléfonos móviles para permanecer geolocalizado afectan a una de las manifestaciones del derecho a la intimidad, en concreto, al derecho a que los demás no sepan dónde se está en cada momento, es decir, el derecho a no estar permanentemente localizado por medios electrónicos. Mediante una conexión de datos, de GPS, de una red Wi-Fi o de indicar la localización en una red social, podemos hacer saber a Google donde nos encontramos en cada momento. Google va registrando nuestras localizaciones y movimientos a lo largo del tiempo y los va guardando en sus servidores cada día. ¿Dónde? Puedes entrar con tus datos en Google Location History y te detalla donde y cuando has estado, que medio de transporte has utilizado e incluso durante cuanto tiempo. Es un servicio que nos sorprende por su exactitud e información. Con este tipo de software, no se necesita otra aplicación para seguir, en cualquier momento, los pasos de un dispositivo.

Como dice Lev Manovich en su ensayo El software toma el mando, a día de hoy, las empresas creadoras de software están en la vanguardia de marcas reconocidas y son, por ejemplo, Google, Yahoo, Microsoft o Linux; estas son las empresas que se encuentran en el centro de nuestra sociedad, abarcando desde ámbitos económicos y culturales, hasta sociales e incluso políticos. El software puede llegar a controlar nuestra vida de la misma forma que «controla el vuelo de un misil inteligente hacia su blanco durante la guerra», o sabe reconocer cuando a un supermercado escasea de productos y envía una lista para su reposición. Manovich reafirma que «el software es el pegamento invisible que une todo», y con él «es posible la sociedad de la información».

Nos apoyamos en el “primer principio” de Latour para observar la transformación del control de los empleados, del manual al tecnológico. La primera cuestión se basa en tener a los trabajadores de una empresa controlados, pero ¿cómo lo hacemos? El jefe no puede ir mesa por mesa revisando en cada momento si cada persona se encuentra en su puesto de trabajo porque, primero, el jefe perdería mucho tiempo y no podría dedicarse a tiempo completo a sus labores. Segundo, los empleados se sentirían vigilados y, por tanto, no estarían cómodos que resultaría en la reducción del rendimiento laboral.

En la segunda cuestión, el jefe, para no perder más tiempo, propone firmar una cuadrilla tanto en la hora de entrada como en la de salida de la empresa y así de este modo tener controlados a los empleados y poder contabilizar las horas que realizan. Al hacerlo de forma manual, otra persona o el mismo jefe deben perder tiempo en examinarla y hacer el recuento al final de mes para conocer si los trabajadores han cumplido sus horas laborales o si han realizado más o menos de las que deberían. La cuestión es la perdida de tiempo tanto de los trabajadores a la hora de firmar como de la persona que debe realizar la revisión además del gasto económico que supone la compra de papel y tinta.

Finalmente, la innovación y la irrupción de la tecnología ha ayudado al jefe encontrar una solución viable para ambas partes. Por una parte, los controladores biométricos, los cuales son un sistema de identificación basado en las cualidades biológicas del usuario, cuya identificación se realiza mediante huella dactilar, reconocimiento fácil, ocular o vascular. Otro tipo, como ya hemos comentado, es el control a partir de una tarjeta unipersonal e intransferible con chip de proximidad. Por último, incluimos aplicaciones y software incorporado a dispositivos móviles como, tabletas, ordenadores portátiles y smartphones.

Este tipo de tecnología supone un control exhaustivo de los empleados, puesto que en el momento que el jefe lo desee podrá tener los resultados. De esta manera, el tiempo que gastan los empleados en pasar por esta verificación es mínimo, y es la propia plataforma la que facilita los resultados, de esta manera, el jefe puede utilizar el tiempo que antes gastaba en analizar los datos para desempeñar las labores necesarias.

Como afirma Latour, las innovaciones nos enseñan que nunca trabajamos en un mundo lleno de actores a los que se puede atribuir contornos fijos. Esas transformaciones experimentadas por los actores «son de crucial importancia para nosotros cuando seguimos a las innovaciones porque revelan que el actor unificado es en sí mismo una asociación compuesta de elementos que pueden ser redistribuidos». En el caso que hemos presentado, el éxito de la innovación ha sido posible con el constante mantenimiento de la tecnología.

Para Amparo Lasén y Hector Puente, las tecnologías de la información y la comunicación participan en la identidad, reflexividad y autoconocimiento, por un lado, y vigilancia, control y autocontrol, y dependencia, por otro. Estas formas de dependencias «atañen a la relación entre las personas y sus dispositivos, los objetos mismos y su contenido cuando estas prácticas tecnológicas y comunicativas constituyen nuevos hábitos», que se incorporan a los individuos, según reconocemos nosotros mismos en nuestras expresiones cotidianas: «el móvil forma parte de mí, lo llevo incorporado». Las TIC también pueden ser consideradas tecnologías afectivas, ya que median las maneras como afectamos y somos afectados. Del mismo modo, afirman que «los modos en los que usamos y consumismos estas tecnologías están redefiniendo el ámbito de la intimidad».

La adopción generalizada del móvil, así como la evolución de las aplicaciones digitales, ha ido aumentando la posibilidad, convertida en obligación, de estar siempre potencialmente accesibles; las limitaciones a dicha accesibilidad en todo tiempo y lugar no vienen dadas, por lo tanto, por los rasgos técnicos, sino por las normas y los límites que acuerdan los usuarios, y sus estrategias comunicativas.

Los sistemas de geolocalización están presentes en muchos de los aparatos portátiles, teléfonos inteligentes y tabletas, de las gamas media y alta del mercado. No es cuestión de dar la voz de alarma en este sentido, porque tampoco es cuestión de vivir con el miedo constante y estar cubierto, como en las películas y series, con papel metálico para que no nos localicen. Hay que saber y ser conscientes de que, en algunos casos, momentos o situaciones, hacer públicos datos personales acerca de nuestra ubicación y movimientos, no siempre es del todo recomendable ya que no sabemos quién, además de nuestro jefe, podría estar husmeando para conseguir esa valiosa información. Aunque muchas aplicaciones instaladas en nuestros dispositivos solicitan permisos para acceder a nuestra ubicación, no todas lo hacen, lo cual es aún más peligroso. Incluso, hay momentos que consentimos ese acceso sin darnos cuenta el compartir este tipo de datos que afectan a nuestro entorno privado, por el mero hecho de no leer los acuerdos que suelen aparecer en pantalla al instalar un nuevo software.

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